En defensa de Roberto Madrazo y su “trampa” en el Maratón de Berlín

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En el 2007, el político de extracción priísta Roberto Madrazo se vio inmiscuido en un curioso incidente luego de que cruzó la meta del Maratón de Berlín de ese año con un tiempo de 2 horas con 40 minutos, algo que sin duda es un tiempazo para un competidor de la categoría  de 55 a 60 años.

Luego se supo que en realidad el buen Madrazo abandonó la ruta de competencia cerca del kilómetro 21 y tomó un atajo que lo hizo ahorrarse 15 kilómetros de la ruta y cruzar la meta antes de lo previsto. Obviamente en cuanto se supo lo ocurrido las críticas, burlas e insultos al político no se hicieron esperar. Y claro, a muchos se nos hizo fácil llamarlo tramposo.

Aunque casi nadie lo peló, Madrazo explicó que acudió al Maratón de Berlín sabiendo desde un principio que no lo correría completo pues no se encontraba preparado adecuadamente, y que por eso no recogió ninguna medalla de participación.

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Por años consideré ese incidente como algo chusco y vergonzoso, como una muestra más de lo surrealista que puede ser la política mexicana. Luego comencé a correr, y cambié de opinión

¿Y saben qué? Ahora no sólo le creo a Madrazo sino hasta defiendo su postura. Son miles los corredores que por X o Y razón han hecho lo mismo en alguna carrera y no por eso son tramposos ni malos deportistas. Sí, el objetivo de participar en una competencia es cumplir con la distancia trazada, sin embargo no siempre está en nuestras posibilidades hacerlo.

Por ejemplo, actualmente estoy inscrito en la próxima edición del Maratón Internacional de la Ciudad de México, y aunque mi plan es correrlo nadie me garantiza que de aquí a finales de agosto no me vaya a lesionar o que alguna eventualidad laboral o de índole personal me impida entrenar como se debe. ¿Debo renunciar a participar en el maratón sólo porque completar los 42 kilómetros me resultaría muy difícil y hasta contraproducente a mi salud, o se vale correr sólo un tramo para no perderme la experiencia?

En los últimos años he sabido de personas (e incluso yo he estado a punto de hacerlo) que por distintos motivos no corren una carrera completa y/o acortan tramos de la misma, y aunque en lo personal esto no me molesta sé que hay una corriente de runners que son bastante cerrados y mamucos en cuanto al tema, que satanizan a quien se incorpora a mitad de una carrera o toma un atajo. Es más, no faltan los corredores que miran feo o hacen comentarios negativos cuando ven que alguien recurre a esta práctica.

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Molestarse por algo así se me hace una ridiculez, en primer lugar porque se supone que el running es ante todo una actividad recreativa. Si estuviéramos en unos Juegos Olímpicos o Mundial de Atletismo podría entender el enojo, pero vamos, es una simple carrera que no definirá el destino de la humanidad. Sí, a veces los runners pensamos que somos el centro del mundo y la verdad es que no.

En segundo lugar, hacerla de tos porque un corredor decide no hacer una ruta completa carece de fundamento si entendemos que el verdadero reto durante una competencia de este tipo es superarnos a nosotros mismos.  Ya sea mejorar un tiempo, completar una distancia o el sólo hecho de animarnos a correr ese día, cada quien tiene su propia meta y por lo mismo poco o nada debería importarnos lo que hacen los demás.

Si ese día mi objetivo es recuperarme de una lesión, correr sólo un número determinado de kilómetros o completar determinado tiempo como parte de la preparación para un reto mayúsculo ese es muy mi problema.

– Entonces hazlo en un entrenamiento y no en una carrera.

… dirá algún runner radical, a lo que le respondería:

– Fíjate que no me da la gana, ¿cómo la ves? Además ya pagué mi inscripción, ni modo de no correrla porque a la policía del running (osea tú) no le parece. 

Hasta el momento no he tenido que recortar mi participación en alguna carrera, pero si algún día me veo en la necesidad de hacerlo no aceptaré que nadie venga a llamarme tramposo, flojo o que insinúe que no debería estar participando en esa competencia.

Desde esa óptica veo ridículo que se haya hecho tanto escándalo con el incidente de Madrazo en Berlín, aunque entiendo que mucho influyeron sus adversarios políticos. Curiosamente la gran mayoría de quienes se burlaron de él y lo llamaron tramposo son personas que en su vida han corrido ni una manzana. En fin, es fácil criticar lo que no conocemos.

Ah, y aclaro que no le voy al PRI, es más, nunca he votado (ni creo hacerlo) por ellos.

Sobre la muerte de Erick García en el Maratón de la Ciudad de México

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El pasado domingo 30 de agosto se celebró la edición XXXIII del Maratón Internacional de la Ciudad de México, y aunque en esta ocasión no pude correrlo por motivos que ya expliqué aquí, si estuve al pendiente de los pormenores de este evento deportivo.

Así me enteré que en esta competencia lamentablemente falleció Erick García Ramírez, un corredor de 34 años que portaba el número 23765, y que a la altura de Insurgentes y Marcelo, en la Colonia Del Valle, comenzó a sentirse mareado y se desvaneció. Tras ser atendido por personal del Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas (ERUM), Erick falleció camino al Hospital.

A partir de este triste y lamentable suceso, he leído una cantidad increíble de tonterías en las redes sociales, en su mayoría hechos por gente con un total desconocimiento del tema y que en su vida han corrido, o bien, realizados por corredores soberbios que se sienten dueños de la verdad.

Comentarios como “murió porque ahora cualquiera quiere correr un maratón”, o “es que el Maratón debería exigir un examen médico a los participantes para poder obtener su inscripción”, por citar tan sólo dos ejemplos.

Vamos por partes…

Erick no era ningún improvisado. De acuerdo a sus familiares ya había corrido varios maratones, sabia a lo que se enfrentaba y se había preparado adecuadamente para este reto.

Correr un maratón es una prueba de alta exigencia y demanda física. Y aunque claro, llegar bien preparado es un requisito elemental, lo cierto es que no es ninguna garantía de que no se sufrirá algún problema mientras se corren 42 kilómetros. En pocas palabras, todo participante se enfrenta a este tipo de riesgos.

¿Qué se debe pedir un certificado médico como requisito de inscripción?

Imposible, al menos en la forma en la que ahora se llevan las inscripciones a este tipo de carreras y competencias. Aceptémoslo, a los organizadores de este tipo de eventos lo que les importa es agotar cuanto antes los lugares. Al realizarle la venta por internet, no hay forma de saber qué tipo de persona es la que realiza el pago, o si ésta es la que finalmente termina corriendo.

Estoy de acuerdo con que cada corredor debe checarse periódicamente y ser responsable de entrenarse de manera adecuada, pero estos accidentes pasan y son parte de la competencia. Por eso me da coraje escuchar que siempre se hagan comentarios a la ligera cada vez que ocurre un deceso en alguna carrera,  insinuando que es culpa del competidor.

Correr es una práctica que te conecta contigo mismo, pero al igual que cualquier otra actividad conlleva un riesgo.

Descansa en paz Erick, nunca te conocí pero compartimos la misma pasión.

Y que Dios cuide a todos los corredores.

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Mi primera derrota en el running

Llevo más de dos años corriendo regularmente, y puedo decir que hasta ahora he conseguido todo lo que quiero en cuanto a objetivos trazados, sin embargo, me encuentro a unas cuantas semanas de sufrir mi primera y dolorosa derrota en este deporte.

O bueno, realmente no es una derrota, sino prudencia, aunque no por eso deja de causarme un poco de depresión.

Hace un año corrí mi primer maratón, y mis planes eran correr nuevamente el Maratón Internacional de la Ciudad de México este año. Sin embargo, a pesar de todo el empeño que puse, en esta ocasión no alcanzaré dicha meta.

Son varios factores los que me han llevado a esta conclusión: Tengo la cabeza metida en otras cosas que me han impedido concentrarme al 100% en todo lo que implica correr un maratón, con una boda en puerta (sí, me caso) hay que dedicarle un buen tiempo a los preparativos y los muchos cambios de horario que tuve este año en el trabajo y que me impidieron entrenar bien, primero los fines de semana y ahora por las tardes.

Así, correr este año el maratón sería una imprudencia y pondría en riesgo mi salud. Si bien hace un año y me animé y lo corrí de última hora, me sentía mejor preparado física y mentalmente: Había corrido muchas distancias largas, entrenaba al menos 5 días a la semana y tenía la mente puesta única y exclusivamente en ese objetivo.

Confieso que los últimos días han sido difíciles. Es un martirio entrar a redes sociales y ver a muchos amigos y conocidos ponerse a punto para un evento en el que pensé que estaría. Para no ir muy lejos, el pasado fin de semana Adidas llevó a cabo un trail de 30 kilómetros. Dicen que estuvo pesadísimo y que hubo muchos lesionados, pero ver sus fotos y comentarios de satisfacción, así como la manera en la que expresan sus ganas de que ya llegue el Maratón de la Ciudad de México no me pusieron del mejor ánimo. No digo que no me de gusto por ellos, al contrario, ya lo viví hace un año y sé que es una maravilla. Aunque no por eso dejo de sentir envidia de la buena.

“A veces les toca a unos y a veces a otros”, y creo que al menos por ahora no es el mejor momento para lanzarme nuevamente a la conquista de otros 42 kilómetros.

Actualmente llevó otro tipo de entrenamiento y la verdad me he sentido bien físicamente. Estoy desarrollando otras habilidades importantes a la hora de correr, como la velocidad o la resistencia. Así que, si todo sale bien, mi plan a mediano plazo (de 1 a 3 años) es correr un maratón haciendo alrededor de 4 horas.

De momento mi plan es correr solamente la mitad del Maratón de este año. Y eso está en veremos, porque tampoco he tenido el tiempo requerido para prepararme de cara a un Medio Maratón. Arrancaría a medio recorrido, y de ahí buscaría llegar a la meta. Aunque para ser honesto, a una parte de mi esta idea no le agrada del todo, pues sentiría que estoy haciendo una especie de trampa. Por otro lado, sé que no voy a estar tranquilo si de una u otra forma no formo parte de esta gran fiesta del atletismo.

Ni modo, así es esto del Running, a veces se gana y a veces se pierde, y en esta ocasión prefiero ser prudente y tomar la decisión correcta. Ya vendrán más maratones, y cientos de kilómetros por conquistar.

Nacidos para correr

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– “Empecé a leerlo, pero decidí dejarlo porque desde las primeras páginas sólo se habla de las desventajas y lesiones que trae consigo correr. En pocas palabras dice que esa práctica deportiva es lo peor que puedes hacerle a tu cuerpo”.

Más o menos esas fueron las palabras con las que mi novia se expresó del libro Nacidos para correr que le regalé unas semanas atrás. Para ser honestos yo llevaba varios meses deseando leerlo, cuando me enteré que ella también lo quería se lo compré. Sí, plan con maña para poder leerlo, pero no se lo digan.

Sin embargo Nacidos para correr no le gustó, o más bien, no le pareció adecuado que al inicio del libro, se señale que correr (ella también es corredora) es una actividad antinatural para los humanos y que resulta poco benéfica para los huesos y articulaciones. Quizá temía sugestionarse o algo así.

Aún así decidí no quedarme con las ganas y lo leí sin imaginar que estaba por adentrarme en un mundo fascinante.

Nacidos para correr comienza cuando su autor, el periodista Christopher McDougall se pregunta ¿por qué me duele el pie cuando corro? . Como muchos de nosotros, McDougall comenzó a correr como pasatiempo, pero al poco tiempo un dolor en el pie lo aquejaba cada que comenzaba a correr y avanzaba algunos kilómetros.

Frustrado comenzó a buscar ayuda con varios médicos, los cuáles no hicieron más que sumirlo en depresión cuando le afirmaban que en efecto, correr es una agresión y una carga intensa a los pies, piernas, rodilla y espalda de la gente, lo cual se refleja en los altos índices de corredores lesionados que hay todos los años. Todos le repetían el mismo diagnóstico funesto: Debes dejar de correr.

Yo mismo, que no soy ningún corredor de alto rendimiento, he padecido varias lesiones en apenas un par de años. Por lo tanto, de inmediato me sentí identificado con la mala suerte de McDougall.

Las cosas cambiaron cuando el autor de este libro fue enviado a realizar un reportaje a las Barrancas del Cobre, en Chihuahua, México. Tras un viaje de varios días por terrenos inhóspitos, conoció a los legendarios radamurís, que se dice, son los mejores corredores del mundo, capaces de desarrollar una resistencia sobrehumana gracias a las técnicas que desde hace siglos han ido perfeccionando y con las que pueden correr cientos de kilómetros ininterrumpidamente.

En este viaje McDougall escuchó hablar de “Caballo blanco”, un estadounidense que años atrás se internó en la Sierra Madre Oriental y que desde entonces vive entre los tarahumaras, de quienes aprendió sus secretos para correr.

Tras batallar mucho para encontrarlo, McDougall encuentra a Caballo Blanco, quien le da una pequeña lección de correr. Al correr por varios kilómetros por las Barrancas del Cobre, McDougall se sintió más ligero, cómodo y conectado con su cuerpo que nunca, y el dolor que le aquejaba el pie no se hizo presente.

Al despedirse, Caballo Blanco le comparte a McDougall un sueño que tiene desde hace mucho: Enfrentar en las Barrancas del Cobre a los corredores tarahumaras contra los mejores ultramaratonistas del mundo.

Y es ahí dónde se desata la locura y este libro adquiere un nuevo enfoque. Mientras se realizan los preparativos para esta carrera imposible, vamos conociendo la historia de varios atletas profesionales excepcionales que han llevado sus cuerpos al límite, así como las historias de algunos tarahumaras que han salido al exterior para ponerse a prueba con los corredores de élite. Gracias a estos pasajes conocemos autenticas hazañas deportivas que para muchos eran desconocidas y que nos dejan lecciones de tenacidad y amor muy importantes.

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McDougall además nos lleva a varios debates sobre la conveniencia de correr y desmitifica la creencia de que correr va en contra de la naturaleza del hombre.

¿Usar tenis especiales y de alta tecnología para correr realmente sirve o es mejor correr descalzo?

¿Nuestro cuerpo está hecho para correr largas distancias?

¿Por qué la gente se lástima más ahora, justo cuando las grandes compañías deportivas presumen de tener los últimos avances e innovaciones?

Esos y otros temas son tratados con profundidad y desde un punto de vista neutro, dándole al lector un panorama completo del running, la industria que está detrás de esta práctica y los beneficios o riesgos que trae para la salud.

Ahora bien, no debe pensarse que Nacidos para correr es un libro lleno de tecnicismos, análisis y datos científicos. Al contrario, todos y cada uno de los temas surgen de forma natural y van enriqueciendo el relato central, que es la gran carrera con la que sueña Caballo Blanco.

Finalmente, corresponde al lector averiguar si esta carrera, planteada como la más increíble de todos los tiempos, se logra llevar a cabo. Lo único que me gustaría agregar, y es justo ahí donde radica el encanto del libro, es que entre sus páginas se esconde una belleza abrumadora. Uno se reconcilia con el acto de correr y aprende a querer aún más este deporte que apasiona a tantas personas.

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Correr, más allá de ser un ejercicio físico es un acto espiritual que nos conecta con el universo, que nos hace ver el mundo desde otra perspectiva y sobre todo, que le brinda paz y felicidad a nuestros corazones. Vivir y correr al estilo radamurí, volver a ver de forma sencilla y práctica nuestra existencia. Todo eso y mucho más se aprende leyendo esta maravilla de libro.

Si eres corredor (no importa si vas comenzando o si ya llevas varios años en esto) este libro te volará los sesos y te enamorará aún más de este deporte.

Y es que nacimos para correr…

Mi heroína

Lo cierto es que, entre muchas otras cosas, ella es la culpable de que me guste tanto correr. De hecho, fue gracias a su ocurrencia de participar en una carrera de 5 kilómetros por lo que ambos comenzamos en esto del running.

De eso hace 2 años, y desde entonces he ido superando diversos retos, siempre incentivando por ella y sujetándome muy fuerte de su mano, hasta el punto de lograr terminar un maratón. Y sí, gran parte de estos logros deportivos (si no es que la mayoría) fueron posibles gracias a ella.

Por eso no podía dejar de acompañar a Tania esta mañana, cuando mi heroína deportiva y de vida corriera el segundo Medio Maratón de su vida: El Nike Women’s Half Marathon.

No es la primera ves que acompaño a Tan a una carrera en la que no participaré, pero sí es la vez que más me he conmovido. Y es que el ambiente de una carrera donde únicamente participaban mujeres es completamente diferente a una competencia mixta. Hay más hermandad, más sentimientos, más emotividad.

Fueron 25 mil mujeres enfrentándose a 21 kilómetros. Estando en la meta, mientras esperaba a mi heroína, me emocioné al ver los rostros de aquellas deportistas que a veces sonriendo, a veces con rostros de dolor y a veces llenas de orgullo, pero todas satisfechas por lograr su objetivo, iban rebasando la meta y reafirmándose a ellas mismas y al resto del mundo lo fuerte que son. El año pasado corrí mi primer Medio Maratón y sé que es una prueba demandante que no cualquiera supera, por lo que ver a tantas mujeres lograr una proeza así es algo maravilloso.

Y entonces, entre esos miles de mujeres apareció la heroina de esta historia. A pesar de las dudas que ella tenía días antes, yo sabía que lograría terminar sin ningún problema ese Medio Maratón. Al verla llegar tan concentrada y enfocada no pude sino sentir un gran amor por ella, el mismo que sientes cuando ves a la persona que más admiras esforzarse y crecer aún más.

Metros más adelante nos reunimos. Me platicó de lo complejo de la ruta, de los problemas a los que se enfrentó y de cómo logró sortear cada imprevisto. Y ese para mi fue el mejor premio: Verla y escucharla tan feliz a pesar del cansancio. Luego la observé estirar con mucho cuidado y minutos después siguió caminando como si aquellos kilómetros que recorrió con fiereza no le hubieran hecho nada.

Pasé varias horas más a su lado esa tarde. A pesar del cansancio aún tenía la energía para seguir siendo ocurrente y provocarme risas y ternura.

Hoy comprobé que ella es mi heroína, la que me demuestra que vencer cualquier reto es posible; sigue siendo mi maestra en esto de correr, y en muchas otras cosas más. Es mi heroína por emocionarme cuando la veo participar en una carrera, por la dedicación que le pone a las cosas, porque para ella no hay “peros” y claro, por ser ella.

Sé que vendrán más hazañas y desafíos para ella. También estoy seguro que nada la detendrá, al contrario, con cada kilómetro se volverá más fuerte y me da (como si hicieran falta) más motivos para admirarla.

Gracias por permitirme ser testigo de tus triunfos, estoy orgulloso de ti.

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Lo complicado de encontrar unos tenis para correr

La mayoría de los corredores viven con entusiasmo y alegría el momento de elegir unos nuevos tenis para correr. Sin embargo, y como ya he aclarado en este blog, disto mucho de ser un corredor promedio.

Y no, no es que me quiera hacer el súper atleta, al contrario, carezco del entusiasmo característico de los runners. Por eso, cuando tengo que ir en busca de un nuevo par de calzado para correr siento gran flojera y pesar. Bueno, en realidad eso también me sucede cuando tengo que comprarme ropa normal.

En fin. Por ahí de abril del año pasado mi novia me compró unos tenis para correr por motivo de mi cumpleaños. Ese día fuimos a una tienda de deportes y me hicieron una prueba en una caminadora, tras lo cual, uno de los trabajadores me dijo que era pronador.

Para los que no estén familiarizados con temas de Running, les explico que hay tres tipos de pisada en los corredores: Pronadores, Neutros y Supinadores. Los neutros son los que pisan y corren de forma neutra, y los otros dos, pus no. -De tal forma que, aquellos que pisamos chueco, debemos usar unos tenis especiales-.

En esa ocasión me recomendaron unos tenis Salomon con suela para entrenamiento de montaña, esto último porque entonces me dolía la planta de los pies y el tobillo, entonces buscaba una buena amortiguación y vaya que lo conseguí. Con esos tenis entrené por meses en todo tipo de terrenos y corrí sin mayores problemas mis carreras más importantes del 2014, incluido el Maratón de la Ciudad de México.

8 meses después decidí que era tiempo de hacerme de unos tenis nuevos, no tanto porque sintiera que los necesito (de hecho, según yo mis Salomon todavía aguantan) sino porque los expertos recomiendan cambiar de tenis al menos cada 6 meses para evitar lesiones.

Y dado que, sí en algo soy experto es en lesionarme, pues mejor decidí aprovechar uno de mis regalos navideños y pedir unos tenis nuevos. El problema era que ya no estaba seguro sobre cuál era mi tipo de pisada, pues en la entrega de kits de una carrera en la que participé había un stand de Adidas, donde me hice la prueba de la pisada (debía pararme en dos sensores). Ahí me dijeron que mi pisada era neutra.

Con todo y con la duda hace unos días fui a un centro comercial y entré a todas las tiendas en las que vendían calzado deportivo. Mi objetivo era encontrar un par de tenis Boost Adidas, pues además de que se me hacen unos modelos muy bonitos, con ellos le haría honor al Adidas Team, el equipo de corredores con el que entreno.

Después de checar varios modelos y de googlear sus virtudes, me di cuenta que para comprar un estilo determinado de tenis, lo primero era estar seguro de mi tipo de pisada. Si consideramos que los tenis de running no cuestan dos pesos, comprar unos tenis con la mayor certeza de que servirán es de lo más prescindible.

Un domingo por la mañana, después de correr unos cuantos kilómetros fui al Centro de Corredores Martí, que se encuentra junto a la pista de corredores del Sope, en el Bosque de Chapultepec. Nuevamente me hicieron la prueba de pisada en una caminadora y concluyeron que mi pisada era de pronador.

(Me explicaron que mi pisada había salido neutra en el test de Adidas, porque los sensores registraban mi pisada al estar de pie, pero no la forma en la que corro).

Despejada la duda de mi pisada, me mostraron varios modelos de tenis que iban de acuerdo a mi pisada, ninguno de ellos Adidas. De hecho me explicaron que los tenis Boost de Adidas únicamente están hechos para pisadas neutras. Sí, ya sé, qué chafa, nunca tendré unos Adidas para correr, a menos que esta marca alemana se ponga las pilas.

Bueno, de los modelos para pronadores que me enseñaron me dijeron que los mejores eran los Asics Kayano 21. Al principio no me parecieron la gran cosa pero después de verlos con detenimiento comenzaron a gustarme. Lo malo era que no tenían disponibles en mi talla.

Horas después los encontré en una tienda Martí cercana a mi casa. Me los probé y eran como unos guantes: Muy cómodos y confortables. Salieron en una buena lana, eso sí, pero según estuve averiguando, los Kayano 21 son una autentica maravilla, tanto que ya me muero por probarlos.

Pronto les contaré qué tal me salieron estos tenis con los que espero afrontar de forma exitosa los retos que en materia de running me traiga el 2015. Si algo aprendí de esta experiencia es que conseguir unos tenis para correr no es algo sencillo. A mi me llevó varias jornadas y muchos corajes.

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Corriendo en el Nevado de Toluca

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Pensé que después de correr un maratón, en lo que habría del año ya no habría grandes retos o pruebas relacionadas al Running, lo suficientemente demandantes como par quitarme el aliento. Lejos estaba de imaginar que una nueva aventura me esperaba: Ni más ni menos que a más de 4,500 metros de altura.

Hace unos días, junto con el equipo de corredores de Adidas, tuve la oportunidad de ir a correr al Parque Nacional Nevado de Toluca, un volcán extinto ubicado en el Estado de México que suele ser visitado por los amantes de la aventura y deportistas que desean entrenar en la altura.

Nunca había ido a este lugar, por ello no sabía qué esperar. Ahora, tras mi visita puedo decir que el lugar me encantó. A pesar del frío que hacía, de la tos de perro bailarín que padecía, y de que llevaba un buen tiempo sin correr en montaña, iba decidido a llegar hasta las legendarias lagunas de la Luna y el Sol, que dicen, se encuentran en el cráter del volcán.

La idea era correr alrededor de 7 kilómetros de la última base hasta nuestro objetivo. Si tomamos en cuenta que desde el maratón lo más que he corrido han sido 6 kilómetros, pensar en enfrentarme a 7 kilómetros de ida y 7 de regreso me preocupaba, sobre todo porque mi rodilla nuevamente me ha dado algunas molestias.

Los primeros kilómetros fueron complicados, al parecer la altura me pegó, o quizá la falta de costumbre de correr en un ambiente un tanto hostil cargando una mochila a mis espaldas. El punto es que sufrí mucho durante la primera hora. Por la altura a la que nos encontrabamos, las nubes hacían que el ambiente se volviera nebuloso y que una densa neblina apenas me permitiera ver unos metros por delante.

A pesar de todas estas adversidades, correr (o caminar en algunos tramos, pues repito, no me encuentro en mi mejor estado físico) en un lugar así fue estimulante y lo disfruté y mucho. Finalmente, después de mucho tiempo de correr bajo un clima sombrío a lo lejos observé que el cielo se abría de forma celestial.

Pasé la Laguna de la Luna y el cielo seguía abriéndose. Un kilómetro adelante finalmente di con mi objetivo: La Laguna del Sol. Estar en medio del cráter del Nevado de Toluca es abrumador, tanta inmensidad y belleza hace que uno se quede pasmado. El tiempo que pasé en ese sitio se me fue volando y me resultó insuficiente.

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El recorrido de regreso no me costó tanto como el de ida, aunque nuevamente me di cuenta que mi mejor versión como corredor aún está lejos. Enfrentarme al Nevado de Toluca me dejó varias lecciones, una de ellas fue recordar lo estimulante que es conocer un sitio mientras se corre.

También me di cuenta que debo trabajar mucho para recuperar mi fortaleza mental, esa que este año me ayudó a superar un Maratón. Hace unos meses no me hubiera detenido ni de chiste durante un trayecto de 7 kilómetros, y ahora lo hice en varias ocasiones sólo porque mi mente se fastidiaba y me ordenaba parar. En conclusión, debo trabajar muy duro para recuperar el nivel que deseo.

Sin embargo no cambio esta experiencia por nada, al contrario, fue un buen punto de partida para los retos a los que me enfrentaré en el 2015. Por lo pronto la rodilla me respondió bien, y eso ya es ganancia.

Nevado de Toluca, nos volveremos a encontrar muy pronto, y ahora las cosas serán diferentes.

¿Correr con o sin música?, esa es la cuestión

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Una de las primeras cosas que se pregunta quien comienza a correr, es cómo hacerle para no aburrirse durante los 15, 20, 25 minutos que estará corriendo.

Por alguna extraña razón, cuando iniciamos en esto del running pensamos que debemos distraernos de alguna forma de la tediosa tarea de correr. Luego, tras unas semanas de comenzar, descubrimos que en realidad correr no es aburrido, al contrario, la mente se encarga de acoplarse a esta actividad y somos capaces de ir concentrados en el camino, pensando en nuestra vida diaria, filosofando, replanteando nuestra estrategia de carrera, etc.

Aún así, los corredores principiante piensan que la mejor forma de matar esos minutos de tortura (aceptémoslo, nuestros primeros intentos por correr no son muy agradables) es escuchando música.

Cuando comencé a correr yo también consideraba a mi iPod un objeto indispensable para salir a devorar mis primeros kilómetros. En honor a la verdad debo decir que el impulso que otorgan unas canciones enérgicas es inspirador para ir haciendo del running algo placentero.

En mis primeros meses como corredor elaboré una lista especial con puro hitazo musical, que no sólo elevaba mi adrenalina, sino que levantaba mi estado de ánimo. No fueron pocas las veces en las que me descubrí corriendo a un ritmo acelerado gracias a la melodía que en esos momentos escuchaba.

(Luego uno va aprendiendo la importancia de saber administrarse, pero en esos primeros kilómetros en los que todo es nuevo y nos sentimos invencibles, pensamos que ir rápido todo el tiempo es lo mejor).

Cuando comencé a entrenar en serio y entré al equipo de corredores de Adidas, una de las primeras reglas que nos dieron fue evitar correr escuchando música. Esta medida en un principio me pareció exagerada y estricta.

¿Qué tiene de malo acompañar las carreras y entrenamientos con un poco de música?

Fue cuestión de semanas para que entendiera todo. Cuando corremos, sobre todo cuando no somos muy experimentados, debemos ir pendientes de factores como la intensidad de nuestra pisada. Pero si nuestros oídos van al pendiente de la música dejamos de percibir esos importantes detalles.

Otro factor muy importante es nuestra seguridad. Al entrenar nunca debemos olvidarnos de nuestro entorno. A nuestro lado puede ir otro corredor más rápido que nos pida el paso; se pueden presentar obstáculos en el camino del que podemos ser alertados por alguien que vaya más adelante; o si corremos en la calle, un auto puede andar cerca y podemos no escucharlo.

Aún así fui necio, y aunque en los entrenamientos ya no usaba audífonos, en algunas carreras comencé a escuchar podcats humorísticos en mi smartphone. Sí, puede sonar raro pero a mí me funcionó, sobre todo cuando alguna ruta era pesada. Era curioso, pero mientras la mayoría de los corredores iba sufriendo, yo iba riendo y disfrutando el momento.

De todas formas, cuando llegó el momento de prepararme para correr distancias largas (de 16 kilómetros en adelante) y los entrenamientos eran de una duración mayor a la hora y media, decidí dejar de usar audífonos.

¡Y nunca se me hizo pesado! Por el contrario, disfrutaba mucho ir dialogando conmigo mismo, tanto, que ahora no me imagino corriendo un medio maratón o un maratón con música, pues siento que no vivo la experiencia de una carrera completa: Los gritos de ánimo, el dialogar con otros corredores, el absorber la esencia de la ruta, etc.

Ahora procuro correr sin escuchar nada, pero eso no quiere decir que de vez en cuando, al entrenar en un sitio seguro, corra acompañado de un podcast agradable. Pero insisto, esto ocurre pocas veces.

Mi recomendación: Regálense la oportunidad de correr sin ningún tipo de atadura, y eso incluye la música. Les juro que les gustará.

Saber parar

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Después de la apoteósica e inesperada que fue la experiencia de correr el primer maratón de mi vida, mi historia como corredor debía seguir, aunque antes de hacerlo decidí tomarme un descanso. Jamás pensé que hacerlo sería tan complicado.

Tras correr un maratón, los expertos en running recomiendan olvidarse de correr por unas semanas, y de hecho, descansar completamente durante los primeros siete días. Sabiendo eso, decidí dejar descansar semana y media.

Pensé que 10 días para recuperarme físicamente serían suficientes, y así fue. Un día después del maratón amanecí con las piernas adoloridas, un par de uñas negras y las plantas de los píes con varias ampollas; dos días después únicamente me dolía la rodilla derecha, molestia que se me quitó para el tercer día pero que en su lugar dio lugar a una torcedura en el tobillo en la misma pierda. Para el quinto día ya no me dolía nada.

A 11 días del maratón volví a los entrenamientos en el Adidas Running Team, el club de corredores del que formo parte. Hice ejercicios de calentamiento, practiqué técnica, corrí 25 minutos, realicé una pequeña rutina tipo crossfit y estiramiento. Podrá leerse como si fuera mucho, pero si tomamos en cuenta las cargas de entrenamiento a las que me sometí semanas atrás, realmente mi regreso a la actividad física estuvo leve.

No volví a entrenar sino hasta una semana después, de nuevo en el Adidas Running Team, cuando hicimos una rutina de cuestas leves, y tres días después, por mi cuenta fui a correr un poco al Bosque de Chapultepec una mañana. Mi intención era correr 10 kilómetros; pensé que después de haber hecho un maratón esa distancia no me significaría ningún problema. Aunque me sentí un poco pesado, al comenzar a correr no me sentí falto de condición el problema fue mi rodilla izquierda, sí, la misma que me dio problemas hace un año y que me hizo parar por tres meses.

El dolor comenzó aproximadamente a los 6 kilómetros. Pensé que sería una molestia pasajera pero entre más avanzaba más aumentaba la molestia. Ni siquiera terminé los 10 kilómetros que tenía pensados. Toda la tarde me dolió caminar.

Entonces me enojé conmigo mismo por imprudente, y es que era de esperarse, debía de volver a empezar de ceros y no lanzarme a correr 10 kilómetros tras quince días de poca actividad física.

Los siguientes días los viví en la incertidumbre, temiendo que la rodilla nuevamente me hiciera una mala pasada y otra vez tuviera que dejar de correr. Cierto, no tengo ninguna carrera programada para las semanas venideras, y la próxima edición del Maratón de la Ciudad de México será en 11 meses, pero no correr por meses me resultaría deprimente.

Una semana después acompañé a mi novia a los Viveros de Coyoacán. También se está recuperando del Maratón, así que correría una pequeña distancia. Ella corrió 6 kilómetros y yo 5. Por fortuna la rodilla no me dolió. Aún quería correr más, pero sabía que hacerlo equivalía a correr el riesgo de lastimarme nuevamente.

De este periodo de baja actividad he aprendido mucho. Nunca pensé que sería tan difícil dejar de correr y la verdad me está costando mucho, sobre todo en el aspecto mental. Seguiré evaluando mi rodilla, espero que aquel dolor únicamente haya sido una llamada de atención por no saber parar.

En el running hay que tener disciplina y saber mantener el control, incluso cuando no se corre.

Crónica: El primer maratón que corrí en mi vida

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“Que hay imposibles que un día consigues sin darte cuenta”

Muchas veces las mejores cosas de la vida llegan cuando menos lo esperas. Hace tres semanas en este mismo blog les comentaba con orgullo que había logrado superar por primera vez en mi vida la barrera de los 21 kilómetros en una carrera y me había convertido en medio maratonista. Lejos estaba de imaginar que tan sólo tres semanas después la vida me tenía preparada una prueba aún más dura.

Recuerdo que hace un año vi en televisión el Maratón Internacional de la Ciudad de México 2013 y emocionado me prometí que algún día lo correría; sin embargo, era una promesa al aire, pues para entonces lo más que había corrido en una carrera habían sido 5 kilómetros y me encontraba lesionado de una rodilla, por lo que mis intenciones eran más un anhelo que una posibilidad.

Cuando se abrieron las inscripciones para la edición 2014 mi primer objetivo era inscribirme al medio maratón y dependiendo de cómo me fuera, aventurarme en años venideros a correr el maratón. Para mi desgracia las inscripciones volaron y me quedé sin lugar en ninguna de las dos categorías.

Y luego lo que ya he contado varias veces: Llegó noviembre del 2013 y empecé a entrenar por mi cuenta, tres meses después me integré a los entrenamientos del Adidas Running Team y de la mano de sus enseñanzas logré superar de buena forma mi primer medio maratón.

Mi novia Tania y mi amiga Montse sí habían logrado inscribirse al Maratón de la Ciudad de México de este año, por lo que en su mente siempre estuvo el objetivo de prepararse para dicho reto. Dos meses antes comenzaron a planear estrategias, a cambiar su alimentación, a probar geles de carbohidratos y a correr 32 kilómetros de distancia quince días antes de la competencia.

Escuchaba tanto sobre el maratón de este año, que me sentía triste por no poder ser parte de una de las competencias de atletismo más importantes del país. Cuatro días antes del maratón publiqué en Twitter, un tanto de broma y otro tanto en serio, que quien quisiera aún estaban a tiempo de conseguirme algún número para correr el maratón.

Dos días después recibí respuesta, sucedía que el esposo de mi amiga Laura se había inscrito al maratón, pero no podría correrlo, y me ofrecía su número. Tras dudarlo un par de horas, supe que si no aceptaba el reto me pasaría todo un año preguntándome qué habría pasado si hubiera corrido el Maratón.

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Acepté, y en menos de 48 horas hice una preparación improvisada para afrontar la competencia. Comencé a hidratarme con mucho agua y Gatorade, a comer carbohidratos y proteínas, y a descansar. Varias veces me pasó por la cabeza hablarle a Laura y decirle que siempre no correría, tenía miedo de hacer el ridículo, de quedarme en el intento pues un reto de esta magnitud debe afrontarse con responsabilidad y no espontáneamente.

Las horas previas se me fueron terriblemente rápido. El día del Maratón Tania y Montse lucían seguras desde las 6 de la mañana. Calentaban y repasaban su estrategia, traían todo lo necesario para la competencia y desde esa hora de la mañana brillaban y ya lucían como todas unas maratonistas. En ese momento me quedó claro que ambas cruzarían la meta y lograrían el objetivo para el que tanto se habían preparado, en cambio yo me sentía con más dudas que nunca.

Media hora antes de nuestra salida comenzó una intensa lluvia. Nuevamente Tania y Montse parecían de hierro, nada las alteraba ni sacaba de su concentración. Yo me encontraba arrepentido de competir y pensaba que aceptar correr ese maratón había sido un grave error.

Un minuto antes de la salida los tres nos deseamos suerte, besé la cabeza de Tania y le dije ‘Que Dios te bendiga’, en realidad sólo quería robarme un poco de su valentía.

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Comenzó la carrera y entre gritos de emoción, un mar de gente arremolinada a los costados de la ruta y muchos charcos me puse en marcha. Ignoro en qué momento exacto pasó, sólo sé que para el primer kilómetro mi mentalidad cambió y de pronto me encontraba convencido de que terminaría los 42 kilómetros.

“Son un orgullo para México”, gritó un niño que miraba la carrera. Eso hizo que casi se me salieran las lagrimas. Los primeros kilómetros sirvieron para tranquilizarme e ir a un ritmo más lento de lo habitual pues sabía que la verdadera prueba vendría en la segunda parte de la carrera.

Tania y Montse habían acordado correr los primeros quince kilómetros a un ritmo de 7 minutos por kilómetro, por lo tanto sabía que de volver a toparme con ellas debía bajarle a la intensidad de mi paso. Sin embargo nunca las volví a ver en toda la ruta. Sólo traía un cronómetro muy sencillo y el iPhone lo traía guardado por aquello de la lluvia, por eso, cada que pasaba un kilómetro mentalmente iba haciendo cuentas del ritmo que llevaba. Esto me funcionó los primeros diez kilómetros, después me desesperé y dejé de medir el tiempo, por lo que enfrentaba mi primer maratón sin una estrategia clara.

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Los primeros quince kilómetros transcurrieron sin mayor novedad. Dejó de llover, comí medio plátano que me obsequiaron y me sentía fuerte. Cada que pasaba un kilómetro lo iba restando al total de la distancia, por lo que en mi mente la idea recurrente era “faltan 31 kilómetros”, para al siguiente kilómetro pensar en 30, luego 29 y así sucesivamente.

Comencé a sentir que mi muslo izquierdo quería acalambrarse, por lo que en un par de ocasiones me detuve para masajearme. Lo mismo sucedía con los brazos que continuamente estiraba para que la sangre en ellos circulara mejor. Al llegar a la parte de Chapultepec realmente sufrí, había lodo y los puestos de hidratación brillaban por su ausencia; mentalmente comenzara a cansarme.

Por fortuna eso cambió cuando nuevamente salí a Reforma. Cerca del kilómetro 25 me sentía entero. Si bien sentía los pies ampollados y ahora ambos muslos amenazaban con acalambrarse, sabía que aún tenía suficiente gas para avanzar 5 kilómetros más sin problema.

Entonces llegó el tema de los geles. Muchos maratonistas hablan de la importancia de tomar geles o gomitas de carbohidratos para recargar energías y evitar la temida “pared del corredor”. El detalle con estos suplementos es que deben tomarse con agua y probarse antes de las competencias pues muchas veces pueden caerle pesados al estomago y provocarnos nausea o diarrea. En su plan, Tania y Montse tomarían cuatro geles a lo largo del maratón, y yo sólo traía dos (que me había dado Tania) y debía administrarlos.

Decidí jugármela a pesar de que por los nervios, desde un día antes sentía el estomago hecho un nudo por el estrés. Ingerí lentamente el gel y seguí mi camino. Ignoro si su efecto fue inmediato, pero sentí un segundo aire que me duró cerca de 6 kilómetros. Salió el sol.

Al llegar a la zona de la Colonia Condesa realmente comencé a sentirme mal. El cansancio me exigía parar, el camino se me hacía eterno y pensaba que en cualquier momento mandaría todo al diablo. A pesar de los gritos de apoyo de la gente y de su generosidad regalando alimentos o bebidas a los competidores no lograba salir del hoyo en el que me encontraba.

Entonces alcanzamos avenida Insurgentes y supe que la meta, aunque lejana aún, estaba a mi alcance. Eran unos 8 kilómetros los que me separaban de lograr la proeza. Pasé por mi lugar de trabajo, y por otras zonas que conocía y que me hacían llevar mentalmente un GPS que me iba mostrando como avanzaba poco a poco.

Fue ahí cuando pensé si tomarme el otro gel. Deseché la idea por temor a que me cayera mal y algún desastre estomacal llegara en el peor momento. Decidí entonces correr con la poco energía que me quedaba y no tomarlo, parando muy pocas veces y corriendo la mayor parte del tiempo, sacando energías de donde pudiera. A esas alturas de la competencia cada paso era doloroso, fue también en este periodo en el que los competidores recibíamos mayor apoyo por parte del público. Generosamente nos acercaban comida, dulces y bebidas para ayudarnos a terminar.

Un competidor me dio una lata de Coca Cola que iba tomando. Le di un par de tragos y se la di a otro corredor. Conforme faltaban menos kilómetros estos se volvían más largos. Cerca del 39 sólo quería terminar con la carrera, y sin embargo, era cuando más disfrutaba lo que vivía. En varios momentos lloré, en otros reía o me sentía invencible a pesar de la condición lamentable en la que me encontraba.

Entonces divisé el Estadio Olímpico Universitario y supe que ya nada me detendría. Las primeras veces que corrí en mi vida lo hacía en el parque con mi papá, a él le gustaba mucho correr. Ahora que no está, lo único que dije al entrar al estadio fue “vamos papá, corre conmigo estos últimos metros”.

Cuando entré por uno de los túneles e irrumpí en la pista de atletismo del estadio me sentía feliz, estaba logrado un imposible con el que varias veces había soñado. Y crucé la meta, y no supe qué hacer después de más de cinco horas de siempre ir hacia adelante.

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Seguí caminando. Me tomé una foto.

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Salí del estadio. Recogí mi medalla y la besé. Seguí caminando entre la gente.

Entonces vi a Tania que lucía entera y me enteré que ella y Montse habían llegado media hora antes y las admiré aún más. El resto es confuso, me descompensé físicamente, veía todo nublado, me puse blanco, me sentía mareado y creía que en cualquier momento me desmayaría. Los papás de Tania ayudaron a estabilizarme, me dieron fruta, tomé un Gatorade de litro y me mojaron la cabeza. Poco a poco me recuperé.

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Después comí y me dediqué a descansar en casa.

* * * * *

Han pasado más de 24 horas desde que crucé la medalla. Sé que hice un tiempo desastroso y que de hecho, todo lo que acabo de escribir es una guía de cosas que NO deben de hacerse al correr un maratón. A pesar de lo anterior no me arrepiento de haber corrido. Dicen que tu vida cambia para siempre después de que haces tu primer maratón, y es cierto. Es algo tan grande y satisfactorio que no puede explicarse con palabras. En esta prueba conocí la parte más solidaria de las personas al ver cómo competidores y espectadores se unen sin otro interés que el ayudarse de forma legitima y desinteresada.

Nunca olvidaré lo que viví el 31 de agosto del 2014, simplemente es de las experiencias más fuertes y emocionantes por las que he pasado.

Ahora tengo una uña del pie negro, me siento duro al caminar y me duele un poco la rodilla izquierda (espero de verdad que no sea alguna lesión grave). Dejaré de correr nueve días para darle descanso a mi cuerpo y si todo sale bien, volver a entrenar.

Ya estoy inscrito para el Maratón de la Ciudad de México del 2015. Falta un largo año y si todo sale conforme a lo esperado, llegaré mejor preparado y buscaré hacer un mejor tiempo.

Por lo pronto ya soy maratonista, y ese orgullo nadie me lo podrá quitar jamás.